El día ante el espejo y la noche bajo cualquier desconocido, jadeando, gimiendo, implorando. Vestida.
Normalmente se pasaba el día de pie ante el espejo de cuerpo entero. Aunque en su caso le sobrara medio espejo a lo alto y le faltara otro tanto a lo ancho. Claudia era bajita, gordísima y contrahecha.
De pie durante el día ante el espejo y a cuatro patas bajo un desconocido sudoroso por la noche.
A cuatro patas porque según sus propias palabras: -al ser "gordita", a cuatro patas me entra mejor.-
En el espejo no entraba ni a cuatro ni a dos patas.
Pero vayamos al principio.
Claudia nunca triunfó ante el espejo. Este siempre le devolvía una derrota en forma de grasa enfundada en plieges desagradables de piel estriada y poco lustrosa.
Eso la hacía llorar.
Durante la noche también sufría derrotas. La victoria se alzaba en forma de amigas de piernas duras como el marmol y pechos tiernos como el pan recién hecho que se llevaban a todos los machos copulantes dejandola a ella sola, con sus piernas y pechos formando un delicioso conjunto gelatinoso y de rancio chocolateado.
Y esto la hacía llorar más todavía.
Pero al menos había un equilibrio. Derrotada día y noche.
Hasta que un día (o una noche) vio a un viejo y atractivo vaquero susurrandole a un caballo en una película y observó atontónita (la pobre no llegaba ni a "atónita") que el caballo obedecía fielmente al vaquero, haciendo felices a todos los protagonistas de la pelicula (o "teleflim" como le gustaba decir a ella en las conversaciones profundas).
Entonces decidió susurrar para así cambiar su suerte (aunque el cambio de suerte no estaba muy bollante ultimamente en la bolsa de sus párpados soñadores)......
(...)

1 comentarios:
Me gusta :D
Ya tengo ganas de que esos puntos suspensivos se conviertan en el capítulo 2
besos
Raquel
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