Filis estaba tan llena de alegría que no cabía en sí de gozo, aunque no recordaba haber bebido nada de gozo y mucho menos se notaba hinchada.
Vivía y trabajaba en plena naturaleza, rodeada de arbolitos y briznas de hierba. Después de las penurias sufridas, al fin se sentía satisfecha con su destino último. Sí, vivir dentro de una oveja es un poco chocante -sobre todo cuando lo normal es hacerlo en un ser humano- pero así es la vida de la bacteria comúnmente conocida como Sífilis (Filis para los amigos), nunca sabes cuándo un torrente de material genético te forzará a cambiar de residencia. Crear sarpullidos vaginales e irritaciones testiculares es un trabajo duro, pero sobre todo inestable: te acuestas en un monte de Venus depilado y al despertar te ves forzada a subsistir en la espesa jungla de un escroto cualquiera.
Filis, como si de un discurso de agradecimiento se tratara, comenzó a recordar los hogares/trabajos que la habían conducido a esta nueva existencia en las profundidades de una oveja lanuda.
Empezó con Carla. Una muchacha apocada, amiga de sus amigas, muy aseada (se agradece que limpien a menudo tu casa) y con novio formal. Alojarse dentro de ella resultaba apacible porque, de tan temerosa que era, su novio se veía obligado a tomar precauciones… y de paso a ponerse condón.
Esta vida sedentaria, sin alteraciones, ni ríos de fluidos que la deportaran a otro ser humano, cambió el día que Carla descubrió a Filis. Casualmente fue el mismo día en que se enteró de que su novio no había tenido las mismas precauciones (ni mucho menos se había puesto condón) con las otras quince moradas que Filis había estado simultaneando, tallando verrugas de incuestionable valor artístico y erupciones cutáneas llenas de estilo, de glamour… y de pus.
A partir de entonces la vida de Filis se convirtió en un sin vivir. Carla intentaba desahuciarla por todos los medios, o más bien por todas las posturas. Pasó de ser amiga de sus amigas a ser muy amiga de sus amigos, y de los amigos de su ex, y sobre todo de los novios de las anteriores quince portadoras de Filis.
Y así, sin apenas tiempo para meter sus cuatro verrugas en la maleta, Filis, se vio arrastrada al siguiente hogar: Rober “el taimado” le apodaban sus amigos. O “el pendenciero”, o “la apisonadora de sentimientos”, o “el descastado”. La de vueltas que dan algunos por no llamar hijo de puta a alguien.
Rober “el maloliente”, lo llamaría ella de buena gana. Nunca se había encontrado en un cuchitril como aquel: oscuro, lleno de vellosidad áspera y, por si fuera poco, compartiendo vivienda con un par de bacterias más, tres tipos distintos de hongos y un virus con calavera, capucha oscura y guadaña que se entretenía fulminando a todos los integrantes del vecindario del sistema inmunológico. ¡Aquello sí que era caer bajo, una profesional como ella coexistiendo con compañeros tan poco recomendables!
Por suerte para Filis su estancia en piso estudiantil duró poco. El virus llevaba meses pasando por la guadaña al vecindario inmunológico y, cuando ya sólo quedaba un barrio en ruinas, llegaron todo tipo de infecciones okupas que dejaron a Rober en las últimas.
Una de estas últimas fue Rebeca, la (des)agraciada que le juró amor eterno.
Con ella se demostró, una vez más, que eso de que el amor es ciego es falso. El amor padece de cataratas, que se curan –milagrosamente- en cuanto se empiezan a sentir sarpullidos, eccemas y un dolor intenso de donde antes sólo manaba un placer desbordante. En este caso, obra de Filis, que en uno de los últimos estertores pélvicos de “el maloliente”, se vio abocada a coger el macuto y a fundar -de la mano del virus encapuchado- una nueva colonia entre las piernas de Rebeca.
De este modo, Rebeca, pasó de jurar amor eterno a Rober a jurarle odio interno. Odio que casi llevó a pensar a Filis que su vida itinerante podría llegar a su fin. Ya que, en un arranque de odio sinceral (mucho más desgarrador que el visceral), su anfitriona renovó sus votos como fiel seguidora del vegetarianismo y prometió que nunca más un trozo de carne mancillaría su interior.
Así fue. Durante el día sólo las vitaminas más saludables procedentes de todo tipo de verduras anegaban el organismo de Rebeca. Y, en las noches más calurosas, únicamente las hortalizas de forma alargada invadían el hogar que Filis y el virus compartían en harmonía. Alguna que otra noche de hortaliza invasora, el virus, guadaña en ristre, se lanzaba patéticamente a la carga cual Quijote. “Si Dios quisiera que los pepinos padecieran enfermedades sexuales les habría pegado un par de mandarinas en la base del tronco”, decía para sí Filis, mientras esculpía un hermoso sarpullido labial.
Así fueron pasando los días. Virus apenas daba problemas -narcotizado por un torrente de fármacos- y Filis hacía el menor ruido posible para que su discurrir apacible no cambiase. Pero la dieta vegetariana no suple todas las necesidades del organismo. Y el de Rebeca pedía a gritos proteínas cárnicas. Una noche, tras un par de chupitos, tres cervezas y cuatro cubatas, un tal Albert le ofreció gustoso un menú a base de carne. Quizás influyó el que se encontraran en una fiesta y no en un restaurante. O que él tuviera quince años menos que Rebeca. Pero el caso es que el menú de carne se transformó en “Fast-food”. Más “Fast” que “food” según la interesada. Pero resultó lo suficientemente rápido como para que Filis se viera inmersa de nuevo en una mudanza indeseada y cansina. “¡Arrastrada otra vez por la vorágine de fluidos!”. Lo bueno de su nuevo domicilio era que Virus había estado tan drogado durante la fiesta, que no tuvo tiempo de darse cuenta de lo que pasaba (al igual que Rebeca) y perdió la oportunidad de lanzarse al ataque de algo que parecía un pepino pero que, sin duda, por su tamaño, debía de ser como mucho una zanahoria.
Para su sorpresa, Albert mostraba más interés por el intercambio de fluidos vía Internet con “gatita69” que por buscarle nuevo alojamiento. Y, para cuando el chico había gastado medio paquete de Kleenex ante el ordenador, lo único que le ocupaba ya el pensamiento eran los dragones y las espadas que se escapaban de las novelas para meterse en sus neuronas. Por Filis, podía seguir así hasta que los dragones se hicieran viejos, que ella continuaría a lo suyo, sin que nadie la molestase. Sin embargo el instinto no cree en dragones y, como buen representante del género masculino, el instinto sólo piensa en follar.
Fue así como Filis alcanzó su sueño. Un hogar al que llamar propio. Un taller en el que desarrollar sus inquietudes artísticas sin temor a que un apretón desaforado la obligara a abandonarlo todo en medio de la noche. Y es que Albert, además de amante de “gatita69” y de los dragones, era un apasionado de las recreaciones de juegos de rol en plena naturaleza. En una de estas salidas teatrales, dio rienda suelta a otra de sus… salidas.
En singular combate contra Juan “el elfo”, Joanna “la hechicera” y Pedro el enano (que hacía de “orco”) quedó Albert despojado de sus poderes de mago de tercer nivel (y de su dignidad) en un solitario claro del bosque, cuando una oveja lanosa pasó a su lado, balando sensual y contoneándose como una diosa de la lujuria… O eso trató de explicar a Juan “el elfo” y a Joanna “la hechicera” cuando lo encontraron con la túnica de mago en los tobillos, agarrado a la lana de la oveja, mientras intentaba trasquilarla a base de torpes embestidas. Pedro el enano llegó justo a tiempo de ver cómo Filis era lanzada a los amorosos brazos de la dulce borreguilla que la acogería con cariño el resto de sus días.
Cierto es que una oveja no es el destino final que una bacteria tan profesional como Filis hubiera esperado tras su azarosa vida laboral, pero, como ella decía para animarse: “En peores sitios he estado”.
6.05.2009
8.23.2008
Pensar en ojos y tenedores.
El día ante el espejo y la noche bajo cualquier desconocido, jadeando, gimiendo, implorando. Vestida.
Normalmente se pasaba el día de pie ante el espejo de cuerpo entero. Aunque en su caso le sobrara medio espejo a lo alto y le faltara otro tanto a lo ancho. Claudia era bajita, gordísima y contrahecha.
De pie durante el día ante el espejo y a cuatro patas bajo un desconocido sudoroso por la noche.
A cuatro patas porque según sus propias palabras: -al ser "gordita", a cuatro patas me entra mejor.-
En el espejo no entraba ni a cuatro ni a dos patas.
Pero vayamos al principio.
Claudia nunca triunfó ante el espejo. Este siempre le devolvía una derrota en forma de grasa enfundada en plieges desagradables de piel estriada y poco lustrosa.
Eso la hacía llorar.
Durante la noche también sufría derrotas. La victoria se alzaba en forma de amigas de piernas duras como el marmol y pechos tiernos como el pan recién hecho que se llevaban a todos los machos copulantes dejandola a ella sola, con sus piernas y pechos formando un delicioso conjunto gelatinoso y de rancio chocolateado.
Y esto la hacía llorar más todavía.
Pero al menos había un equilibrio. Derrotada día y noche.
Hasta que un día (o una noche) vio a un viejo y atractivo vaquero susurrandole a un caballo en una película y observó atontónita (la pobre no llegaba ni a "atónita") que el caballo obedecía fielmente al vaquero, haciendo felices a todos los protagonistas de la pelicula (o "teleflim" como le gustaba decir a ella en las conversaciones profundas).
Entonces decidió susurrar para así cambiar su suerte (aunque el cambio de suerte no estaba muy bollante ultimamente en la bolsa de sus párpados soñadores)......
(...)
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